Tres fueron tres

A mis amigas siempre les ha fascinado el número tres. No sé cuál es la razón, pero en muchas de sus actividades lúdico-sociales (un eufemismo sobre sus habilidades para darse a la lujuria) siempre ha estado presente este número primo.

Una de ellas fue tres veces a las fiestas de un pueblo, en las que sus heroicidades en aquellos festejos, con bares y calles a rebosar, fueron más allá de asumir las tradiciones de los lugareños. Porque mi amiga, que pasó más de 36 horas deambulando de barra en barra, jamás podrá saber cuántos de los chicos con los que se encontraba pasaron a formar parte de su ‘lista de triunfos’ personal. Sólo sabe que fue tres veces a ese pueblo…

Incluso a algunos de sus allegados, entre los que me encuentro, se les ocurrió la posibilidad de hacer una encuesta en la próxima edición de las fiestas para saber el número exacto de afortunados.

La campaña mediática tendría un lema muy parecido a éste, que estaría acompañado de una fotografía de la protagonista: “¿Conoce usted a esta chica? ¿Se enrolló usted con ella en este pueblo alguna vez?” El resultado parece ser impredecible.

Pero esto es una nimiedad al lado de una situación vivida por otra de mis amigas. Tres chicos, un bar y una duda. Así se le presentó una noche, cuando coincidió en el mismo local con las tres ‘presas’ con las que pasaba sus ratos libres (por separado, que conste).

Entonces llegó el momento de elegir y ella lo tuvo claro: “Ninguno de los tres, que no es plan de quedarme sin alguno de ellos”, fue lo que afirmó como justificación a su huida del pub. Su filosofía de vida (social-sexual) es clara en este aspecto: “No me gusta que me vean por la calle con un chico, porque sería cerrarme puertas a mí misma”, asegura sin tapujos.

Pero no todas actúan igual ante el encuentro con sus tres chicos ‘preferidos’. Otra de mis amigas hacía lo contrario, ‘disfrutaba’ de ellos por turnos, sin miedo a que los otros dos se enteraran, pero en la misma discoteca.

Pero una noche la información fluyó y se acabó el secreto que tan bien guardaba, por lo que la vorágine de insultos, amenazas, sangre y sexo bien pudo acabar mal. Si no fuera por la píldora…

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