Sí, mejor te vas

Un día tuve la feliz ocurrencia de salir de fiesta con dos de mis amigas. Sí, dos de esas que follan. No me preocupaba que pudiera convertirme en un cordero entre dos lobos (¿lobas es mucho decir?), sino que me iba a convertir en un testigo de sus andanzas nocturnas.

La noche iba transcurriendo sin más sobresaltos que los encuentros con sus anteriores conquistas, algunas de ellas ya desmenuzadas en estos relatos, por lo que sus historias comenzaban a tener también protagonistas visibles. Es decir, aquella noche les pude poner cara.

Y cuando pensaba que me iría a casa con la decepción de no ver ninguna de esas históricas leyendas en primera persona, entramos en una discoteca (la última si quería que la jornada terminara de forma honrada). Ellas, subidas en una tarima, la que está en el fondo del local, la parte más oscura, se entregaron al baile de lo que algunos llaman música.

En esos momentos comprendí por qué mis amigas no desperdician minutos para pillar, ya que lo primero que hicieron fue olvidarse de mi presencia. Para ellas pasé a formar parte del decorado (como mucho recurrían a mí para que les sujetara la copa).

Entonces, una de ellas, encontró un objetivo, lo miró y lo conquistó. En menos de diez segundos culminó un proceso que a algunos les lleva años. En ese momento, decidí que mejor me iba a mi casa, no sin antes decírselo a la otra amiga que aún estaba en proceso

“Sí, mejor te vas”. Ésa fue la contestación cuando hablé de mis ganas de huir del bar, con lo que quedaba claro que ni como mueble me querían ver allí. Por supuesto, no había salido de la discoteca y mi otra amiga estaba ya entregándose a otra víctima.

Al día siguiente asistí a la recomposición de los hechos de mis dos amigas (en la que no hubo ni una palabra de disculpa por sus actitudes de indisimulado olvido hacia mi persona).

– El chico con el que yo estaba tenía algo raro en la lengua, creo que era un chicle.

– El mío igual, pero no era un chicle, ¡era un piercing!

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