Las amenazas

Aunque siempre he contado en estos relatos las heroicidades de mis amigas, que follan cómo, cuándo y dónde quieren, nunca había incluido ninguna historia sobre algún amigo que fuera también protagonista. Y lo hay.

Y es que uno de ellos se cruzó en el camino de mi amiga. Más bien fue asaltado por ella, pero eso no viene a cuento. El caso es que un día surgió la pasión… y no decayó en un tiempo, quizá por las impresionantes dotes de ella para saber hacer y deshacer con sus conquistas.

Pero no todo iba a ser alegría para mi amigo, que no cabía en sí de gozo por esa gran hazaña que estaba protagonizando. Porque su historia con mi amiga empezó a ser conocida y llegaron las consecuencias.

Una noche, en un bar en el que había mucha gente, mi amigo fue increpado por otros conquistados por ella. Es decir, que recibió varias amenazas para que no se volviera a acercar a la protagonista, con la consiguiente sorpresa para él, mientras mi amiga tomaba sus copas tranquilamente al otro lado del local.

No llegó la sangre al río (bueno, no hubo sangre, sólo daños morales…), pero lo que está claro es que mi amigo no se volvió a acercar a mi amiga… en público.

Lo más curioso es que ella no recuerda este episodio. Creo que sí recuerda a mi amigo, sobre todo porque compartió cama con él y otro más. Cosas de privilegiados…

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El membranas y el colafina

Una de las pruebas más fehacientes de que mis amigas follan, y mucho, es que tienen serios problemas para acordarse de todos los chicos con los que han estado. Por eso, muchas de ellas prefieren poner nombres a sus conquistas. Algunos con cariño, otros no tanto…

Y cuando digo cariño no es sólo el típico cari o churri, demasiado pasteloso para unas chicas que son capaces de llamar rapidín a uno que no era capaz de frenar sus ímpetus sexuales. Esto, que quede claro, es una rara excepción, como los demás que se exponen a continuación.

En una ocasión, una amiga estuvo con uno que era todo lo contrario, casi carente de sexualidad. Por eso lo llamaba el cura. “No se hacía ni pajas”, rememora la protagonista sobre un novio que tuvo en su apogeo sexual y que, como no podía ser de otra forma, le duró poco.

El colafina fue otro de los que tuvieron la suerte de conocer a una de mis amigas. Y claro, como tenía cierta parte de su cuerpo “como un lápiz” siempre será recordado por ella…

Otra parte del cuerpo dio un apelativo muy acertado para otro chico: el Membranas tenía los dedos de las manos como si se tratara de un anfibio, pegados. Seguro que mi amiga quiso estar con él porque pensaba que era un sapo y ella una princesa.

Pero no siempre son ellas las que ponen el nombre a ellos. Una de mis amigas descubrió que su chico le llamaba la Spa. Y es que para él quedar con la susodicha era asegurar una relajación total. Quizá era por sus impresionantes dotes para tranquilizar a los demás. Aunque estoy seguro de que la ducha con hidromasaje que tiene en su cuarto de baño también tiene algo que ver.

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Pistolín, pistolón

Mis amigas cuando fichan a alguien normalmente no fallan. Si eligen a uno, ya sea en un oscuro bar o a plena luz del día, normalmente el éxito está asegurado. Pero hay veces que puede haber sorpresas. Y no me refiero a que no consigan ligárselo, que puede ocurrir, sino que ellos no cumplan con las expectativas que las protagonistas de estos relatos se suelen marcar.

Una de ellas siempre recuerda que quedó muy sorprendida cuando un ligue nocturno no se ajustaba a las medidas que ella esperaba: “Tenía un micropene”, dice tan orgullosa de su hazaña. No sabemos qué fue de él, pero seguro que no se ha vuelto a cruzar con ninguna de mis amigas. O quizá sí…

En ese caso mi amiga no se lo esperaba, pero otra de ellas sí lo podía imaginar. Porque todos los amigos de su ligue le advirtieron de que el chico no estaba muy dotado. Pero a mi amiga no le pareció importar ese pequeño detalle.

Y lo confirmó cuando los volvió a ver: “¡Es cierto, tiene un pistolín!”. La verdad es que mi amiga buscaba pistolones…

A otra le pasó algo más curioso aún: desapareció. Sí, me refiero al miembro… Y es que el chico tenía alergia al látex, así que ante el contacto con el condón la reacción fue esconderse. Por eso mi amiga no volvió a protegerse con ese chico.

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El helicóptero

Allí estaba mi amiga, en plena excitación sexual, disfrutando de su última conquista cuando ocurrió algo que hacía mucho que no le sucedía: su maltrecha muñeca volvía a reclamar su atención con una nueva lesión, algo ya crónico para ella.

Y es que según asegura mi amiga, le suele pasar cada cierto tiempo: se le abre la muñeca con cualquier movimiento por leve que sea. Pero claro, si ese giro del brazo se produce cuando está con un chico, sobre la cama… pues es más fácil que se genere la lesión, sean como sean los precedentes.

Ante el dolor que experimentó en el momento, no le quedó más remedio que llamar a Urgencias, porque no sólo le afectaba a la muñeca, sino que era incapaz de mover el brazo, por lo que una ambulancia se personó en el lugar de los hechos. Los movimientos de mis amigas siempre son desmedidos…

De esta forma, los técnicos sanitarios se encontraron con una chica postrada en su cama (imagino que convenientemente adecentada), un chico que no sabía dónde meterse ante el giro (y nunca mejor dicho) que los acontecimientos estaban tomando y un gato que seguía siendo testigo de todo lo que ocurría, impasible como buen felino.

Una vez recuperada, los hábitos de mi amiga no cambiaron mucho en el fondo, pero sí en la forma. Del chico no volvió a saber nada. Y aunque con el brazo totalmente escayolado, ella seguía pillando siempre que podía. Para ello, se colocaba encima del chico y movía su parte herida como si de una hélice se tratara y toda ella fuera un helicóptero.

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El carrito de la compra

Las fechas navideñas son muy especiales también para mis amigas. Y no por la Nochevieja, una jornada de la que poco recuerdan por lo que apenas hay relatos, sino porque los regalos que reciben o dan siempre son muy llamativos. Como aquella vez que un chico eligió para Reyes un polo de 100 euros. Ella se hizo la sorprendida y, poco después, se lo dio a su madre para que hiciera trapos. Nunca lo estrenó.

Mejor le vino a otra amiga el regalo que su novio le hizo, justo cuando coincidía que él se iba varios meses fuera de España: un consolador. “Con pilas y muy grande”, tal y como ella no duda en describir. Sobre su uso sólo ha trascendido que lo guarda en una caja de zapatos y que en una mudanza su padre la cogió para llevarla a la nueva vivienda. Mi amiga se quedó sin garganta al gritarle que dejara esa caja. El miedo en los ojos todavía lo muestra cuando rememora ese momento.

El enfado le dura todavía a otra amiga cuyo novio decidió hacer un regalo que ella jamás olvidará: un carrito de la compra, ideal para guardar hortalizas, pan, naranjas, embutido, carne fresca… Creo que ella no supo apreciar el interés de su novio por evitar problemas de espalda. Y él… sin comentarios.

A otra de mis amigas le regalaron un unicornio de peluche. Rosa y con motivos dorados, concretamente. Quizá su enamorado lo eligió porque ella es dulce y cariñosa como el mítico equino. O quizá lo que él quería expresar era una sutil metáfora: no existen (ni chicas así ni los unicornios).

“A mí un día me regalaron seis morcillas de León. Esa noche comí siete”, recuerda con ardor otra de las agraciadas por obsequios que pueden ser atractivos y útiles. Lo de ardor no sé si es por lo ardiente que es ella o por las consecuencias para su estómago.

Pero para sutileza y utilidad está otra amiga, que decidió hacer un presente que nunca olvidará su entonces novio. “Él cumplía 18 años y le regalé una caja de preservativos”, explica ella. Pero no todo iba a ser felicidad. “A los dos días me dejó y conmigo no los usó”. Mis amigas imponen. Y mucho.

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Te voy a enjabonar la espalda

Mi amiga llevaba tiempo esperando este momento. Por fin iba a ir al concierto de uno de sus artistas preferidos, por no decir el más admirado. Había comprado la entrada con meses de antelación y ese día no iba a faltar por nada del mundo. Así llegó la gran noche en la que no sólo se disponía a disfrutar de un concierto inolvidable, sino que iba a conocer a su ídolo hasta límites que nunca imaginó.

Porque después de casi dos horas de actuación, mi amiga, junto a una amiga suya (sí, siempre van de caza juntas), se quedó rezagada mientras los demás salíamos del recinto, satisfechos con la actuación del esperado cantante. Pero como la protagonista de este relato no salía, todos decidimos ir a tomar algo mientras ella hacía de grupi sin miramientos.

Y es que las dos chicas fueron reclamadas por uno de los guitarristas de la banda, que las invitó a tomar algo en las inmediaciones de los camerinos. Entonces apareció él, con su inestimable porte de estrella del rock, y en seguida se acercó a mi amiga, atraído por el vestido que ella había escogido para la ocasión.

Pronto desapareció de la escena la otra chica y el guitarrista. O si estaban allí, nada importó al cantante y a mi amiga, absortos en una conversación que primero fue tímida y luego se convirtió en un homenaje al flirteo universal. Pero de él, porque mi amiga permanecía impasible ante los ataques que el artista emprendía una y otra vez.

Hasta que él decidió dejar de lado su faceta más poética y fue directo al grano: “Ven conmigo al camerino. Te voy a enjabonar la espalda y te voy a poner a cuatro patas”, afirmó a mi sorprendida amiga, que jamás pensó que ese astro de la música pudiera ser tan zafio en el cara a cara.

Antes del fin de la noche, mi amiga contaba la historia en un bar mientras todos apenas podíamos creer lo que relataba, incluida alguna que otra amiga, que se enojaba por la suerte de la protagonista.

Ella, que no le gusta alardear de esta historia, un día se permitió hablar de estadísticas cuando recordaba a su ligue y al que fuera unos años antes uno de sus compañeros en un mítico grupo con el que también tuvo sus más y sus menos: “Puedo decir que el 50% de aquella banda me hizo proposiciones indecentes”.

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Los deportistas

Aunque el título de este relato pueda llevar a engaño, mis amigas no han hecho deporte en su vida. Y eso que algunas dicen que van al gimnasio, hacen aeróbic, salen a correr e incluso alguna se va a apuntar a boxeo. Pero es todo mentira. Con ello no quiero decir que no estén en forma, que lo están, y mucho, pero no precisamente por hacer deporte. Todo el mundo sabe por qué mantienen esos figurones…

La cuestión es que les gustan los chicos deportistas. Hasta tal punto que una de ellas me hacía ir todos los fines de semana a partidos de alta competición porque en un equipo de su ciudad jugaba un chico que le gustaba. Y claro, no quería ir sola, como una vulgar grupi.

Otra, que no tiene ni idea de fútbol, fue al estadio de un histórico club de Primera División, que incluso suele jugar competiciones europeas. Allí lo único que sacó en claro de este deporte es que se fue al servicio con un chico y… pues eso, gol en Las Gaunas (pero no era en Logroño, que quede claro).

Quizá la palma se la llevó aquella que logró liarse con un jugador de la Selección Española. Y no penséis que va alardeando por ahí de tal proeza. Todo lo contrario, porque cuando le dijeron que el joven jugador era quien era, no se lo creía. Tuvo que confirmarlo en internet.

A otra le gustó un tenista que conoció una noche. Bueno, no sabe si lo es o no. Pero el caso es que por la mañana decía que se había comido una raqueta…

Aunque no son deportistas, se les parecen un poco: los toreros. Una amiga tuvo una temporada muy taurina y logró varios triunfos en tan difícil faena, la de conquistar a los maestros en perfilarse ante el toro y entrar a matar. Mejor no hacer metáforas con sus orejas, rabos, estocadas y demás semántica taurina…

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Tarifas telefónicas

Tengo una amiga que es disciplinada hasta en el uso de las llamadas telefónicas… cuando los receptores son sus ligues. Y es que los tiene clasificados según cueste más o menos llamarlos (pero siempre en su sentido figurado, si en esto se permiten las metáforas).

Cuenta ella que lo más barato que le sale es las llamadas al fijo. Parece obvio, ¿no? Y es que ese chico, al que denomina fijo, es al que tiene siempre disponible. Para cualquier momento, para cualquier urgencia, para cualquier necesidad… Por eso el coste es ínfimo. Mi amiga, que folla, y mucho, es una chica lista.

Más caras son las llamadas a móviles, a los móviles, porque implican mayor riesgo, no siempre cogen (sí, en los dos sentidos), no siempre están disponibles, no hay contrato de por medio (con esto no quiero decir que mi amiga sea de prepago, ni de postpago), puesto que no hay un acuerdo tácito entre las partes.

Pero estas llamadas son mucho más rápidas, más improvisadas, menos planificadas… y por tanto, a mi amiga le suponen una inyección de adrenalina que bien compensa las dudas o costes iniciales.

Otro capítulo aparte son las llamadas internacionales. Son las más caras, de eso no hay duda, por lo que mi amiga apenas las utiliza (la crisis…). Eso sí, sabe que si en alguna ocasión hay que invertir en conferencias con otros países, no hay problema, se le dan bien los idiomas.

El problema surge cuando mi amiga sale fuera de su ámbito de influencia, donde a veces las llamadas cambian de tarifa y ella olvida sus hábitos telefónicos. De ahí que cuando viaja, borra sus teléfonos y empieza de cero su particular agenda, además de que lo hace sin maleta. Y es que así se lo obliga su religión, la que le impide llevar cualquier tipo de mochila, ya sea fijo o móvil

¿Y qué pasa cuando en la agenda hay varios chicos con el mismo nombre? Es algo que ocurre con facilidad, pero a una de mis amigas se le acumula otro problema: que son todos fichajes. Así que lo que hace en esos casos es ponerle el nombre de la provincia o ciudad, ya sea el de origen de su conquista o el del lugar donde lo conoció (en todos los sentidos).

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Sí, mejor te vas

Un día tuve la feliz ocurrencia de salir de fiesta con dos de mis amigas. Sí, dos de esas que follan. No me preocupaba que pudiera convertirme en un cordero entre dos lobos (¿lobas es mucho decir?), sino que me iba a convertir en un testigo de sus andanzas nocturnas.

La noche iba transcurriendo sin más sobresaltos que los encuentros con sus anteriores conquistas, algunas de ellas ya desmenuzadas en estos relatos, por lo que sus historias comenzaban a tener también protagonistas visibles. Es decir, aquella noche les pude poner cara.

Y cuando pensaba que me iría a casa con la decepción de no ver ninguna de esas históricas leyendas en primera persona, entramos en una discoteca (la última si quería que la jornada terminara de forma honrada). Ellas, subidas en una tarima, la que está en el fondo del local, la parte más oscura, se entregaron al baile de lo que algunos llaman música.

En esos momentos comprendí por qué mis amigas no desperdician minutos para pillar, ya que lo primero que hicieron fue olvidarse de mi presencia. Para ellas pasé a formar parte del decorado (como mucho recurrían a mí para que les sujetara la copa).

Entonces, una de ellas, encontró un objetivo, lo miró y lo conquistó. En menos de diez segundos culminó un proceso que a algunos les lleva años. En ese momento, decidí que mejor me iba a mi casa, no sin antes decírselo a la otra amiga que aún estaba en proceso

“Sí, mejor te vas”. Ésa fue la contestación cuando hablé de mis ganas de huir del bar, con lo que quedaba claro que ni como mueble me querían ver allí. Por supuesto, no había salido de la discoteca y mi otra amiga estaba ya entregándose a otra víctima.

Al día siguiente asistí a la recomposición de los hechos de mis dos amigas (en la que no hubo ni una palabra de disculpa por sus actitudes de indisimulado olvido hacia mi persona).

– El chico con el que yo estaba tenía algo raro en la lengua, creo que era un chicle.

– El mío igual, pero no era un chicle, ¡era un piercing!

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Está de-vuelta

Tendidos en la cama después de una noche entera de alcohol y pasión, mi amiga y su chico conversaban tranquilamente a la vez que recuperaban fuerzas. Mientras calculaban lo mucho que habían bebido, ella se acordó de que se había pasado con la ingesta.

“Fui a vomitar en el segundo bar”, aseguró ante el asombro de él. “¿Pero has devuelto antes de liarte conmigo?”, fue la respuesta del chico, que a estas alturas empezaba a sentir que las copas le subían por la garganta. “Tranquilo, que me enjuagué la boca”, sentenció mi amiga, que como todas las que protagonizan estos relatos, folla, y mucho. Pero también beben…

La combinación de sexo y alcohol es algo muy habitual entre los jóvenes, por lo que no podía ser menos entre mis amigas. A otra de ellas le pasó algo similar, aunque en esta ocasión fue la víctima.

Cuando estaba con su chico a punto de consumar, ya en la habitación con todo dispuesto, se dieron cuenta de que no tenían condones. Un mal menor tal y como se desarrolló la noche. En ese momento, él se fue al cuarto de baño.

Pasaron varios minutos, casi media hora, y el chico no aparecía. Mi amiga se empezaba a preocupar, porque no daba señales de vida (y porque se había quedado con las ganas de todo y no estaba dispuesta a acabar así la noche).

Cuando llevaba cerca de una hora esperando, llamó a la puerta del baño y por fin obtuvo respuesta. El chico se mostró tremendamente enfadado: “¡No ves que estoy malísimo, que me he emborrachado, casi me muero en el servicio y no has hecho nada por mí!”. Mi amiga no se podía creer lo que estaba oyendo, porque ella también había bebido mucho, pero no hasta ese punto. Y entonces dijo él que se iba a su casa, por lo que allí se quedó la pobre chica sola y abandonada.

Su sorpresa fue mayor cuando entró al servicio y vio que el chico había vomitado no sólo en el wáter, sino también por toda la bañera. Y por si mi amiga se iba a enfadar con él por ser tan sucio, fue él el que no le habló durante meses por no interesarse por su mal estado.

Quizá la palma se la llevó otra de mis amigas. Era nochevieja, la primera que iba a pasar con su chico en su piso. Así que ese día había elegido su mejor vestido para la ocasión.

Tras varias horas de bares, decidieron irse a casa, donde siguieron tomando alguna copa más. Pero mi amiga no aguantó ese volumen de alcohol y vomitó. No en el servicio, ni siquiera en la bañera, sino que fue más educada: devolvió todo lo ingerido sobre ella misma, por lo que su vestido se llevó la mejor parte.

Por este motivo, no tuvo más remedio que ponerse el abrigo y, de vuelta a casa, llevar en la mano la prenda devuelta…

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