El fotógrafo

“Hoy me follo al fotógrafo, hoy me follo al fotógrafo, hoy me follo al fotógrafo”. Es lo que no dejó de repetir mi amiga desde que empezó aquel día la boda a la que había acudido. Y lo empezó a decir, sin ningún remilgo, nada más entrar en la iglesia.

Por eso estuvo durante toda la celebración planeando la estrategia, haciendo pequeños acercamientos hasta que el fotógrafo no pudo hacer otra cosa que plegarse a sus deseos y cayó bajo sus redes.

Algo que, por otra parte, ella ya sabía desde el principio. Aquella noche recuerdo que ya me lo anunció unas horas antes de que se lo llevara a su casa.

Pero que quede claro que los valores de mis amigas suelen ser infinitamente superiores a los de sus víctimas. Y es que ella se enteró, en plena entrega sexual, de que él tenía novia. Así que ella le echó una bronca como si fuera ella la novia. Y en plena excitación.

Sí, es cierto, no dejaron de entregarse, y además volvieron a repetir por la mañana, pero mi amiga le dejó bien claro que eso era deleznable. Los principios son importantes. Y los objetivos de mis amigas, que como se ve casi siempre se consiguen, también.

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Una chica que rompe con todo

A mis amigas la felicidad a veces se les va de las manos. O mejor dicho, la fuerza. Porque cuando están con un chico en pleno festival amoroso se les olvida que las leyes físicas están para cumplirse.

Por eso cuando mi amiga estaba con un chico en la casa de él, no podía imaginar que por conquistar al dueño de la vivienda iba a obtener su peculiar trofeo. Así llamó ella al cabecero de la cama cuando se le quedó en las manos después de que se desenganchara del resto del mueble. Y ella de él…

Un premio que no volvió a repetirse… en esa casa. Y es que el chico decidió cambiarse de piso, no sabemos si para evitar más destrozos en la vivienda, pero el caso es que mi amiga conoció una nueva cama. Allí no fue el cabecero el perjudicado por la furia sexual de la pareja. En este caso fueron las patas las que sufrieron el empuje, y nunca mejor dicho, de mi amiga y su chico. Y no, no es que ellos sean voluminosos. Todo lo contrario.

Quizá a mi amiga le gusta romper con todo, porque no cansada de destrozar dos camas en sendos pisos, llegó a protagonizar un nuevo estropicio. La tercera vivienda que conoció de este chico también sufrió las acometidas de la pareja, aunque en este caso fue algo más suave y sólo se partió una tabla del somier…

Me consta que el chico sigue en el tercer piso, pero, en el caso de cambiarse otra vez, ¿volverán a destrozar otra cama? ¿Serán la nueva imagen de Ikea? ¿Se comprarán una cama de agua o de acero?

Algún día lo sabremos…

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El charco

A una de mis amigas le viene al pelo aquello de que contra el vicio de fallar, la virtud de insistir. Y es que por insistir que no fuera en esa extraña relación que mantenía con un chico, con el que nunca conseguía finalizar lo que se proponía.

Cuenta la protagonista de este relato que planearon un fin de semana en la casa que le había dejado otro amigo, pero justo en el momento en el que iban a culminar apareció una visita inesperada. Por tanto, tuvieron que abandonar la vivienda cuando estaban ya entregados a la pasión.

Dice ella que la cosa se enfrío… hasta que se encontraron en un bar. Y entonces recordaron que habían dejado algo a medias, así que como no tenían tiempo que perder, se encerraron en el servicio del local.

Pero como la cola se hacía inaguantable, ya que se metieron en el servicio de mujeres, el camarero acudió al excusado y los echó sin miramientos. “El servicio está para otras cosas”, supongo que diría el dueño del bar. Que, por cierto, como se da la casualidad de que he estado alguna vez allí, le pregunté a mi amiga quién era el que les había echado del servicio. “¿Tú te crees que con los pantalones en las rodillas yo miré al camarero?”, respondió la susodicha.

Pero como no querían que la cosa se diluyera, y aprovechando la pasión de esa noche por el sofocón del servicio y la vergüenza de ser sorprendidos en medio de la acción, decidieron que habría que intentarlo una vez más.

Por eso se fueron a una plaza en la que apenas pasaba gente, no sólo porque eran altas horas de la madrugada, sino porque llovía a cántaros en el aquel momento.

Pero como parece que estaban destinados a no consumar, en el momento en el que estaban más entregados, un mendigo que había estado oculto les sorprendió. Ante el susto, el chico se empezó a subir rápidamente los pantalones, pero empujó a mi amiga, que cayó al suelo y a punto estuvo de romperse el brazo.

Así acabó esta historia, con mi amiga, medio desnuda, tirada en un charco, en el que el agua de la lluvia se había mezclado con el orín de los perros que pasean por allí, con un brazo dolorido y con unas ganas atroces de sexo. De sexo que nunca llegó a culminarse.

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La castidad

He de reconocer que a mis amigas les gusta mucho alardear de sus conquistas. E incluso no dudan en contarlo con más o menos detalles, sobre todo las anécdotas susceptibles de ser publicadas en este libro. Eso sí, no todas, porque entonces no lograrían volver a repetirlas. O sí, quién sabe…

Bien es cierto que no todas tienen la facilidad para lograr sus objetivos cuando quieren. O también está el caso de las amigas que se enfadaban porque no encontraban historias para salir aquí. “A ver, que la gente va a pensar que yo no follo. Y sí lo hago”, decía una vez una de ellas. Por supuesto, terminó siendo protagonista de uno de estos relatos.

Las hay que no son muy exageradas y por eso, cuando algún gracioso pregunta, refiriéndose a la edad, aquello de “¿cuántos me echas?”, ella suele ser mucho más clara: “Uno y despacito”.

A otras directamente lo que les lleva a alterar sus prioridades son otro tipo de necesidades vitales: “Tengo más ganas de cagar que de follar”, decía una de ellas en un momento de máxima urgencia.

Pero lo sorprendente es que algunas digan que son muy castas y que no hacen nada que sea meritorio para ser publicado en este espacio. “Yo soy así, soy muy casta”, repetía una de mis amigas una y otra vez, pese a que rápidamente fue rebatida por otra: “¡Qué dices, si eres la Encarta del sexo oral!”

Qué tiempos aquellos en los que la Wikipedia no había aparecido aún y un CD con una enciclopedia ya nos parecía el máximo adelanto. Pero para esta amiga lo de la castidad era ya agua pasada, puesto que era real su fama con el sexo oral. O por lo menos era lo que una y otra vez contaba en cada reunión social, ya estuviera o no alguno de los beneficiados.

Y como no podía ser de otra forma, llegó esa soez pregunta: “¿Y qué haces, tragas o escupes?”

La respuesta de mi amiga fue rápida y segura. Una lástima que no me acuerde de la contestación…

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¿Qué hay que hacer para impresionarte?

Esta pregunta posiblemente haya cambiado la vida del chico que tuvo la ocurrencia de hacérsela a una de mis amigas, en una fría noche a la salida de un bar. Porque él llevaba ya casi una hora intentando que ella le hiciera caso, pero no había forma.

“Dame tu Facebook, dame tu Twitter, dame tu número de móvil…” Mi amiga a todo decía que no. Y aprovechando que era mayor que él (sí, mis amigas tienen la extraña costumbre de atraer a los jóvenes cada vez con más asiduidad), le intentaba tomar el pelo diciéndole: “Es que yo soy de las de antes, sólo tengo teléfono fijo en casa”.

Entonces, al chico no le quedó más remedio que hacer la pregunta: “¿Qué hay que hacer para impresionarte?” Y como si el mundo se parara, mi amiga se puso seria y dijo: “A mí con que me coman el coño me quedo tranquila”.

El se quedó sin palabras, ella blanca porque no se creía que hubiera sido capaz de responder así. Y después de unos instantes en silencio, el chico aprovechó para ir a la carga. “Cuando quieras, cuando quieras. Y te echo un polvo como nadie te lo ha echado”, decía totalmente excitado.

Mi amiga apenas podía salir ya del embrollo en el que se había metido, por lo que sus negativas apenas tenían consistencia: “Tú no me vas a echar nada. ¿No ves que es una cuestión de edad?” La respuesta del chico estuvo casi a la altura de la de mi amiga: “No es una cuestión de edad, es una cuestión de la punta de mi polla”.

Después de este intercambio de ‘indirectas’ tan soez, mi amiga desapareció, aunque esa misma noche le volvieron a hacer una proposición algo extraña. “Te voy a dar algo que nadie en este bar te puede ofrecer”, le dijo otro chico. La respuesta fue también sorprendente (y tras ella otra vez a huir): “Dos hijos criados”. Y entonces el joven le enseñó las fotos de sus niños…

Esto no ha de sorprender puesto que mis amigas son así. Para otra su gasolinera preferida era BP, puesto que a ella le parecía que significaba (en la forma más sutil de decirlo) ‘bájate al pilón’. Otra tenía la manía de tocar al telefonillo y en lugar de decir su nombre, sólo gritaba: “¡Potorro!”

Ahora, estas chicas me insisten en que ya han sentado la cabeza y que no hacen estas cosas. ¿Quién las cree?

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El amor se acaba y se lava

Aquel chico estaba perdidamente enamorado de mi amiga y por fin había conseguido algo más que su sonrisa. Es decir, ya había más que palabras. Por eso, en un alarde de valentía, se decidió a mostrar todo su amor hacia ella para lograr que la relación fuera a más. Vamos, que le pidió salir, como se decía en los años en los que los protagonistas sólo estudiaban y veían ‘Al salir de clase’.

¿Y cuál fue la respuesta de mi amiga? Le vomitó los pantalones. Sí, con todas sus ganas. Es cierto que el alcohol algo tendría que ver, porque mis amigas follan, pero también son educadas y consideradas…

Pero para considerada, la madre del chico vomitado, que al día siguiente fue en busca y captura de mi amiga. “¿Fuiste tú la de ayer? Pues ahora se los lavas tú”. Está claro que no se volvieron a ver. La relación con la suegra nunca hubiera mejorado.

Hay otras amigas que para pasar de los chicos son más sutiles. Como aquella que el chico con el que ya había intimado le escribió un mensaje al móvil para quedar. Un escueto “no, gracias” fue la patada en el estómago con la que ella ponía punto final a la relación. “Luego no insistió más”, recuerda ella orgullosa porque el enamorado lo entendió a la primera y, quizá, también con una pizca de escozor porque él no siguió intentándolo.

En otra ocasión, una fue mucho más educada y quedó con el chico para terminar con la relación, quizá algo que pocas hagan… Pero la reacción de él fue mucho más inesperada: “¿Para esto quedamos? Pues para decirme esto, me mandas un whatsapp”. Los avances tecnológicos terminarán con todo, también con la elegancia.

Y aquí llega el momento del máximo orgullo posible. El de una de mis amigas que, después de un verano alejado de su novio, decidió que era el momento de dejarlo. Y quedó con él nada más llegar. Y se preparó todo un discurso de despedida. Y estaba dispuesta a decírselo. Y él se adelantó… Él quería dejarla y eso no lo iba a consentir, así que su reacción fue de lo más conmovedora: “Perdona, pero soy yo la que te quiero dejar, que quede claro que yo te dejo a ti”. Todo, para así mantener su reputación.

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Una higiénica venganza

Conocida es por todos la capacidad que tienen mis amigas para lograr lo que se proponen. Y en la mayoría de los casos lo consiguen sin apenas esfuerzo. Pero el problema surge cuando algunas de ellas no son tratadas como estiman que merecen. Ahí sale la parte oscura de mis amigas, las que follan. Y mucho…

Es el caso de la protagonista de este relato, cuya relación con el chico con el que se veía asiduamente no fue como ella preveía. Bien es cierto que no era el único en su vida, puesto que no solía dudar en aprovechar las ocasiones que se le presentaban por delante (sobre todo si el influjo de la cerveza le alteraba los sentidos).

El caso es que su amigo se enteró de su vida disoluta y quiso poner fin a la relación. Algo que mi amiga, muy orgullosa ella, no consintió de ninguna de las maneras. Y como el chico no estaba dispuesto a reconciliarse con su ya exenamorada, fue como si se despertara la ira de los dioses. Fue la apertura de la caja de Pandora.

Mi amiga, muy hábil ella, no sólo se desprendió de todo lo que tenía de él en su casa, sino que algunas de las posesiones que el chico conservaba en su propia vivienda aparecieron todas juntas en la calle, junto al portal, como si se tratara de la típica estampa de una película de celosas y atormentadas parejas.

Pero mi amiga no se quedó ahí con la venganza por su despechado amor. Y es que decidió que la siguiente bebida que el chico tomara estuviera aderezada con un sugerente producto laxante. Sí, de los de farmacia. Y en buena cantidad…

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El taxista

Mis amigas son de las que cuando quieren conseguir algo, lo logran. Y más si lo que persiguen en algún momento es pillar. Por eso aquella noche la protagonista de este relato salió de fiesta con una motivación especial.

Se preparó con esmero, eligió sus mejores galas y salió a triunfar. Pero no se esperaba que la noche tuviera que ser tan larga para conseguirlo.

Porque después de pasar por varios bares, diferentes discotecas, y ambientes diversos, decidió irse a casa, quizá con una pizca de enfado por no llegar con los deberes hechos. El momento clave fue cuando cogió el taxi, el primero que vio, sin apenas pensarlo.

Mientras el taxista conducía por las oscuras calles de su ciudad, mi amiga planeaba lo que iba a ocurrir a continuación, algo que se materializó nada más llegar al destino:

– ¿Subes?

– ¿Perdón?

– Que si subes a mi casa.

– ¿Pero ahora? No entiendo nada…

– Bueno, no te voy a explicar todo. Pero si quieres… ya sabes.

– Es que hasta dentro de hora y media no puedo dejar el taxi.

Mi amiga subió a su casa y se metió en la cama, dispuesta a dormirse hasta que viniera el taxista. Pero como su sueño iba en aumento, de forma directamente proporcional a sus ganas de pillar, no dudó ni un momento en llamar a su conquista, a la que apenas había visto desde la parte de atrás: “O vienes en media hora o nada”.

Es obvio que no había pasado ni un cuarto de hora y mi amiga ya no estaba sola en casa. Y no fue la última vez que el taxista tuvo que hacer horas extra…

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La doble felicitación de San Valentín

Aquel día mi amiga vivía, una vez más, ajena a las celebraciones de ese santo que se ha convertido en el símbolo del amor. Por eso, cuando abrió el correo electrónico y vio que tenía un mail del chico con el que de vez en cuando pillaba, nunca se imaginó lo que iba a leer.

Porque es cierto que a ella le hacía gracia el chico, y ya conocía al hermano y a los padres del susodicho. Incluso alguna que otra vez había viajado al pueblo familiar y se había quedado a dormir en la misma casa que los suegros. Pero cuando la cosa parecía que iba con posibilidades reales de futuro, llegó aquel San Valentín.

Mi amiga abrió el correo y lo leyó con tranquilidad. No es que fuera muy empalagosa la felicitación, por eso a mi amiga le bastó. Seguro que sonreía a la vez que lo leía pensando: “Lo tengo totalmente pillado por mí”.

Y cuando ya iba a guardar el correo para no perderlo nunca, seguro que en la carpeta de ‘Líos’, como otra amiga tenía en el ya desaparecido Messenger, se dio cuenta de que junto a su nombre estaba el de otra chica. Sí, el supuesto enamorado había mandado el mismo correo de felicitación a dos chicas diferentes… y no lo había ocultado, se veía a la primera.

Sobra decir que mi amiga nunca más vio a aquel chico, y quizá ahora ya no confía tanto en este día, o por lo menos en las felicitaciones tan edulcoradas que hoy se desprenden por doquier.

Eso lo sabe bien otra de mis amigas, que una vez recibió una frase donde hay demasiada azúcar: “No hay cosa más dulce que verte comer Nocilla”. A otra este tipo de expresiones le gustan poco. Sobre todo aquel día que le dijeron: “Quiero que seas la chica que todas las mañana se desmaquilla en el servicio de mi casa”. Ella respondió a la primera: “Espero que también pueda cagar”.

Otras, más tímidas, no saben qué responder cuando alguien les dice: “¿Llevas un desfibrilador en el bolso? Es que vas parando corazones”.

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El mismo disfraz

“Da igual de qué quiera disfrazarme, de enfermera, viuda, princesa, caperucita…, porque al final acabo igual: siempre voy de puta”. Son palabras de una de mis amigas, porque detrás de esta afirmación se esconden las ganas de todas ellas por seducir a cuantos se encuentren por delante en esos días de lujuria y seducción que son los carnavales.

Así que da igual que pasen esas fiestas en la fría meseta o en el cálido sur, en las Islas Afortunadas o en su ciudad natal. Siempre eligen el vestido más corto, el escote más pronunciado y, por tanto, el disfraz más sugerente.

Una vez, una de ellas decidió ir, junto a otras chicas, de drag queens, con prendas plateadas y azules por doquier. “Un chico nos dijo que si íbamos de putas del futuro”. Quizá es que les guste, al fin y al cabo, ser como cantaban Las Vulpes.

Otra, más sutil, prefirió acordarse de las inocentes películas de Disney para ir de “Putanilla, mitad puta, mitad Campanilla”.

“Yo he pillado con disfraz, pero no por el disfraz”, dice otra, que un año se vistió como Wally y por eso estuvo todo el carnaval como el famoso personaje: buscando que alguien la encontrara…

En una ocasión, el cumpleaños de una de mis amigas coincidió con los carnavales. Y cuando se cruzó con un grupo de fornidos romanos, una de sus acompañantes no dudó en gritar: “¡Oye, que es el cumpleaños de mi amiga!”. Entonces el joven Espartaco se acercó, cogió a mi amiga y le dio un beso como si fuera el mismo Kirk Douglas sobre una cuádriga. “Si quieres, ahora te doy el resto del regalo”, le dijo a la cumpleañera, que pronto se rehizo y contestó: “No, gracias, no quiero tanto romanticismo…”

Otra amiga pilló con un chico que iba vestido de chica. Y claro, él no pudo menos que actuar como le gustaría que fueran ellas: “Si quieres, me puedes tocar una teta”. Mi amiga, más hábil, no tardó en responder: “Pues no, la verdad es que no me aporta nada. Si quieres tú las mías…”

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