Mamá no me deja

Mis amigas entienden las bodas como un salvaje oeste en el que todo vale para conseguir llevarse el gato al agua (no haré gracias sobre gatos, perros y demás animales encima de una cama). Es una búsqueda del oro que a veces deriva en conformarse con baratijas o les obliga a meter fichas (de las literales) pese a que el camarero de turno pase, y mucho, de mi amiga.

Una de ellas recurrió a un clásico ya conocido: los menores. Y aunque no era nacido en los 90, rozaba esta década. Todo fue bien aquella noche. Y las siguientes en los que la incipiente pareja decidió que había que continuar los fastos de la boda (que a esas alturas poco importaban a los tortolitos).

Y aunque mi amiga siempre alardea de que con algunos chicos tiene poca compasión, aquella vez la engañada fue ella. Porque después de varias semanas de alocada pasión con su yogurín particular, llegó el desengaño: el chico tenía novia, una chica más joven que mi amiga y con la que mantenía una doble vida. Espero que esto no se repita dentro de 50 años…

Así, frente a mi amiga era un jovenzuelo inexperto. Con su novia, un experimentado enamorado. Y claro, esta dualidad, ser la otra, no gustó nada a la protagonista de este relato. Así que la relación terminó pronto, pese a los lloros del chico pidiendo una nueva oportunidad y prometiendo dejar a su novia. Cosas de jóvenes…

Pero antes de este abrupto final, a mi amiga le dio tiempo a descubrir lo que es salir con un chico que entonces apenas tenía más de 20 años. Un día, en un arrebato romántico, decidió invitarle a cenar. Era un frío martes de octubre pero ella aquel día necesitaba algo de calor. Aunque no le salió bien porque él no aceptó la invitación. “¿Por qué no quieres quedar conmigo?”, preguntó ella enfadada. “Es que mi madre no me deja salir entre semana…”

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