Llaves, vaselina y un ascensor

Un artículo escrito por su protagonista. Sí, por una de mis amigas. En primera persona. Y dice que no hay censuras…

Hace tiempo recibí una invitación del creador de Mis Amigas Follan. Como os podéis imaginar, procediendo de Sergio, se trataba de una invitación desde el rencor. ¿Por qué? Porque cumplo con los tres requisitos básicos. Soy su amiga. Y follo. Y mucho.

Por lo visto, a Sergio no le parecía suficiente suplicarme semana tras semana que le contase anécdotas socio-sexuales para poder vanagloriarse ante vosotros como escritor de éxito capaz de calmar vuestra insaciable sed de sórdidas aventuras eróticas. Así que dio un paso más y, al sentirse incapaz de relatar correctamente una gran gesta sexual, me pidió que participara como autora invitada.

Para rendir homenaje a este libro de culto, me mantendré en el anonimato. No es por temor ni por vergüenza. Hace tiempo que perdí ambas. Simplemente, creo que es más interesante leerlo desde el misterio.

No cabe duda de que la etapa universitaria es, por excelencia, la época de pillar. Las hormonas están a flor de piel, estás tirando a buena y el mercado es grande. Pero la vida no es perfecta y no te lo pone todo fácil. ¿Qué pasa si tienes todo a tu favor en el terreno del amor? Que te falta un techo para rematar las faenas.

Pues bien, una noche de fiesta fiché a un bollito de un colegio mayor. Hubo química, pero no volvimos a coincidir hasta que pasaron seis meses. Después de un par de citas la cosa se empezó a calentar. Literalmente. ¿El problema? Ninguno de los dos teníamos casa… ¿La solución? Los amigos con piso. En concreto, uno. Llamémosle EL AMIGO (EA).

Aunque al principio me dio un poco de vergüenza, la expectativa de una noche de pasión me dio el valor suficiente para pedirle a EA las llaves de su casa. Llegamos a la conclusión de que la solución más fácil era hacer una copia de las llaves para que yo pudiera entrar y salir a mi antojo ese fin de semana, adecentar un poco la guarida insalubre de EA y consumar los hechos esa misma noche.

Así pues, me dirigí con una amiga el día de autos a la casa de EA para poder dejar la casa medianamente decente. Pero las cosas no fueron precisamente fáciles. Al introducir la llave en la cerradura, no giraba. Nuevo intento. Tampoco. Soplamos a ver si había algo dentro que impidiera abrir la puerta. Pues tampoco.

Llaves 1 – Chicas 0

Entonces mi amiga, que esa tarde era Miss McGywer, tuvo una idea. “¿Y si usamos vaselina? Seguro que así se desliza perfectamente y podemos abrir la puerta”. Pensé que por intentarlo no perdíamos nada… pero esa conclusión fue un pelín aventurada. Efectivamente, en un primer momento la vaselina hizo su efecto.

Llaves 1 – Chicas 1

Abrimos la puerta pero… Oh-Oh-Oh, las llaves no salían. Tras un instante de pánico momentáneo, Miss McGywer tuvo otra idea. “¿Y si cogemos un cuchillo para desatornillar la cerradura? Así seguro que la desmontamos y conseguimos sacar la llave”. No había ningún plan B así que cogimos un par de cuchillos y nos pusimos a desatornillar. Después de un rato tan largo como nuestra destreza con este tipo de chapuzas, sacamos la cerradura pero… Oh-Oh-Oh, sólo se desatornillaba el embellecedor.

Llaves 2-Chicas 1

La situación era la siguiente:

– La llave continuaba encajada en la cerradura.

– Nos habíamos cargado el embellecedor.

– Habíamos rayado la puerta de EA con los cuchillos.

– La puerta estaba llena de vaselina y daba asco.

Mis posibilidades de pillar disminuían por momentos.

Miss McGywer y yo decidimos dar la cara y llamar a EA para ponerle al corriente de la situación. “Hola EA, mira que te llamo para decirte que hemos tenido un problemilla. Resulta que la copia de las llaves que hemos hecho creo que ha sido defectuosa. Como no entraba bien y no conseguíamos abrir tu perta, la hemos untado de vaselina. Hemos conseguido abrir la puerta, pero ahora no podemos sacar la maldita llave. Hemos intentado desmontar la cerradura, pero no sabíamos que lo que estábamos desatornillando era sólo el embellecedor y que eso ni iba a servir para nada. Por cierto, no sabemos volver a atornillarlo y se nos ha roto. Te hemos rayado la puerta y la llave sigue encajada”. Fin.

Después de una bronca monumental, Miss McGywer decide que la mejor opción es recurrir a profesionales: llamar a un cerrajero. Y eso hacemos. En media hora llegan, nos sentimos inmensamente humilladas contándoles nuestras ideas para conseguir abrir la puerta y nos dicen que la única solución es cambiar la cerradura porque nos la hemos cargado. “Adelante”, les decimos.

Nueva llamada a EA. “Oye, que hemos llamado a unos cerrajeros y la única solución es cambiar la cerradura, así que tienes una nueva y una nueva llave. Pues nada más, que les vayas diciendo a todos los miembros de tu familia que tienen una copia –padres, tíos, hermanos- que van a tener que hacer copias de la nueva…ejem…Y que lo siento. Fin.

Una vez solucionado el tema de la cerradura, decidimos irnos a casa. Habían pasado 4 horas desde que llegamos Miss McGywer y yo y apenas tenía 45 minutos para llegar a mi colegio mayor, adecentarme y quedar con mi futuro amante.

Pero el destino es caprichoso y quiso seguir poniéndome zancadillas ese día. Nos montamos en el ascensor los dos cerrajeros, su maleta gigante de herramientas, Miss McGywer y yo. Pulsamos el botón para bajar y de repente, zas, se bloquea. Nos quedamos atrapados. Nadie tiene cobertura en los móviles.

CRISIS.

PÁNICO.

FALTA EL AIRE.

GRITAMOS SOCORRO.

Nadie nos responde. MÁS CRISIS. MÁS PÁNICO. SENSACIÓN DE CLAUSTROFOBIA.

Llaves + ascensor 3 – Chicas 1

Miss McGywer propone desatornillar el techo del ascensor y trepar por los cables (sí, ha visto muchas películas y además teníamos una caja llena de herramientas profesionales. Un caramelito para ella, vamos). Esta vez rechazamos por unanimidad la propuesta. Aunque no había opción B, sentíamos apego por nuestras vidas.

Después de estar media hora encerrados, una dulce abuela oyó nuestras voces y conseguimos que llamara al presidente de la comunidad para que alguien nos sacara del ascensor de la muerte.

Como la suerte seguía dándonos la espalda nos dijeron que a esas horas de la noche nadie contestaba en el teléfono de emergencias que estaba pegado en el ascensor. La única solución para escapar de aquel agujero era que nos sacaran por el minúsculo agujero que teníamos sobre nuestras cabezas, mientras rezábamos para que el ascensor no se pusiera de repente en marcha y nos partiera por la mitad.

¿Y después de todo ese sufrimiento, qué? 

– Me pillé a mi chulazo #bienpormí.

 – EA dejó de hablarme durante un mes. Nunca más me prestó las llaves de su casa.

 – Miss McGywer abandonó progresivamente su gusto por los destornilladores y ahora es una persona (casi) normal.

 

Firmado: La Amiga Anónima.

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