¡Las manos quietas!

Llevaba mucho tiempo aquel chico cortejando a mi amiga, y ella oponiéndose y rechazándolo una y otra vez. Es más, las clases en las que coincidían parecía que era ella el único centro de atención del chico, y no el profesor, ya que apenas le quitaba ojo.

Hasta que un día mi amiga se levantó con ganas de marcha. Cuando estaba en clase de revelado de fotografía, con todo a oscuras como debe ser, se le ocurrió que podía hacer algo que le iba a gustar mucho a ese chico que parecía estar absorto completamente con ella. Así que le empezó a meter mano como si lo llevara haciendo durante años.

Pero entonces se oyó un grito:

– ¡Las manos quietas, las manos quietas!

El que lo decía no era el chico, sino el profesor. Sí, mi amiga había metido mano al profesor, y como él había gritado también su nombre, la pobre, totalmente avergonzada, salió corriendo de clase, no sin antes golpearse contra la puerta para más escarnio ante tal bochornosa situación.

Ella terminó reconociendo al chico que se había equivocado, y que obviamente no quería meter mano al profesor, sino a él. Así que su enamorado se emocionó y ya veía más cerca poder conquistar a mi amiga.

Pero como los caminos de mis amigas son inescrutables, volvió a su estado inicial y no quería saber nada del chico que tanto la miraba en clase. En una de esas veces en las que el chico no le quitaba el ojo, mi amiga, para evitar que le siguiera observando tan atentamente, se le ocurrió una idea muy graciosa.

Mientras se miraban uno al otro, mi amiga se sacó un moco. Así logró que el chico jamás la volviera a mirar.

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