La multa

Llevaba mucho, muchísimo tiempo, demasiado para ser amiga mía, sin ni siquiera rozarse un poquito con un chico. Por eso aquella noche fue casi un milagro, una alineación de los planetas cuando conoció a ese chico al que al final se lo llevó a su casa.

Las ganas y el empuje de la pareja hicieron que esa noche fuera histórica, sobre todo para mi amiga, que rompía así su racha, de ahí que pusiera toda su maestría en disfrutar y entregarse a su conquista.

Pero las consecuencias de esa noche se supieron tiempo después, cuando el padre de otra amiga leía apaciblemente el Boletín Oficial de la Provincia (debe de ser la única persona que lo lee en toda España, sin olvidar el que lo escribe).

El caso es que en esa edición del BOP venía una multa a una persona (las iniciales no delataban a mi amiga, pero sí su domicilio) en la que se elevaba a conocimiento público una multa de una cantidad importante de dinero a la protagonista de aquella noche por escándalo público. Bueno, más bien por superar los decibelios permitidos a ciertas horas de la noche.

No sé si fue más trágico que el padre de una amiga se enterara de su histórica pillada o que fuera el polvo más caro de su vida.

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