“Estas cosas no se hacen aquí”

¿Qué hacen mis amigas cuando tienen ganas de sexo? Pues no esperan ni un minuto, sobre todo si van con su pareja. Por eso no es de extrañar que a una de ellas le surgió la necesidad en un centro comercial y no esperó ni siquiera a llegar al coche.

Como el lugar más apropiado era el servicio, se metieron en el de chicos y allí dieron rienda suelta a sus descontroladas e impacientes ansias sexuales. Pero claro, los ruidos propios de la situación no pasaron desapercibidas para los usuarios de este espacio público, así que pronto acudió un guardia de seguridad.

Entró en el servicio y comprobó, tras abrir la puerta del pequeño habitáculo en el que disfrutaba la pareja, que sus sospechas eran ciertas. Evidentemente, cerró la puerta de inmediato, pero la volvió a abrir para alertar a los protagonistas: “Estas cosas no se hacen aquí”, les espetó.

A los pocos segundos, tanto mi amiga como su impaciente pareja abandonaban el centro comercial con la cabeza agachada y haciéndose los avergonzados.

A otra de mis amigas le sorprendieron junto a su entregada pareja en otro lugar: en la habitación del hotel. Porque ellos estaban dispuestos a disfrutar de su pasión en un sitio íntimo… y no lo consiguieron.

Cuando estaban en plena agitación, una persona del servicio de limpieza entró en la habitación. MI amiga fue muy rápida, cogió las sábanas y se metió en el armario (sí, después salió de él, pero no de forma metafórica).

Mientras, el chico se quedó solo, desnudo sobre la cama, y gritando: “¡Estamos aquí, estamos aquí!” Todavía no tengo claro si lo que hacía era advertir al intruso o animarle a que se uniera a la fiesta.

Tengo otra amiga que decidió entregarse con su novio en el servicio del bar al que acudían cada fin de semana a tomar las primeras cervezas nocturnas. Allí donde todos los conocían. Por eso, cuando después de un buen rato en el que la pareja no salía, el dueño del bar les advirtió de que debían salir inmediatamente.

La atronadora ovación que ambos se llevaron fue prolongada durante varias semanas.

Lo más curioso es cuando esto ocurre en la casa del chico. A otra amiga le pasó algo así en el hogar de su conquista. En la habitación de los padres. Cuando estaban en pleno frenesí.

Menos mal que les dio tiempo a reaccionar y mi amiga salió rauda y veloz del dormitorio de sus suegros para poder meterse en la habitación del chico.

Pero la madre, que por regla general tienen copados los sentidos del sexto al vigésimo, la buscó y la encontró. Así que la halló debajo del escritorio de su hijo. Desnuda. Y avergonzada.

– Anda, hija, sal de ahí…

 

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