El taxista

Mis amigas son de las que cuando quieren conseguir algo, lo logran. Y más si lo que persiguen en algún momento es pillar. Por eso aquella noche la protagonista de este relato salió de fiesta con una motivación especial.

Se preparó con esmero, eligió sus mejores galas y salió a triunfar. Pero no se esperaba que la noche tuviera que ser tan larga para conseguirlo.

Porque después de pasar por varios bares, diferentes discotecas, y ambientes diversos, decidió irse a casa, quizá con una pizca de enfado por no llegar con los deberes hechos. El momento clave fue cuando cogió el taxi, el primero que vio, sin apenas pensarlo.

Mientras el taxista conducía por las oscuras calles de su ciudad, mi amiga planeaba lo que iba a ocurrir a continuación, algo que se materializó nada más llegar al destino:

– ¿Subes?

– ¿Perdón?

– Que si subes a mi casa.

– ¿Pero ahora? No entiendo nada…

– Bueno, no te voy a explicar todo. Pero si quieres… ya sabes.

– Es que hasta dentro de hora y media no puedo dejar el taxi.

Mi amiga subió a su casa y se metió en la cama, dispuesta a dormirse hasta que viniera el taxista. Pero como su sueño iba en aumento, de forma directamente proporcional a sus ganas de pillar, no dudó ni un momento en llamar a su conquista, a la que apenas había visto desde la parte de atrás: “O vienes en media hora o nada”.

Es obvio que no había pasado ni un cuarto de hora y mi amiga ya no estaba sola en casa. Y no fue la última vez que el taxista tuvo que hacer horas extra…

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