El membranas y el colafina

Una de las pruebas más fehacientes de que mis amigas follan, y mucho, es que tienen serios problemas para acordarse de todos los chicos con los que han estado. Por eso, muchas de ellas prefieren poner nombres a sus conquistas. Algunos con cariño, otros no tanto…

Y cuando digo cariño no es sólo el típico cari o churri, demasiado pasteloso para unas chicas que son capaces de llamar rapidín a uno que no era capaz de frenar sus ímpetus sexuales. Esto, que quede claro, es una rara excepción, como los demás que se exponen a continuación.

En una ocasión, una amiga estuvo con uno que era todo lo contrario, casi carente de sexualidad. Por eso lo llamaba el cura. “No se hacía ni pajas”, rememora la protagonista sobre un novio que tuvo en su apogeo sexual y que, como no podía ser de otra forma, le duró poco.

El colafina fue otro de los que tuvieron la suerte de conocer a una de mis amigas. Y claro, como tenía cierta parte de su cuerpo “como un lápiz” siempre será recordado por ella…

Otra parte del cuerpo dio un apelativo muy acertado para otro chico: el Membranas tenía los dedos de las manos como si se tratara de un anfibio, pegados. Seguro que mi amiga quiso estar con él porque pensaba que era un sapo y ella una princesa.

Pero no siempre son ellas las que ponen el nombre a ellos. Una de mis amigas descubrió que su chico le llamaba la Spa. Y es que para él quedar con la susodicha era asegurar una relajación total. Quizá era por sus impresionantes dotes para tranquilizar a los demás. Aunque estoy seguro de que la ducha con hidromasaje que tiene en su cuarto de baño también tiene algo que ver.

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