El final infeliz

No voy a descubrir a estas alturas que a mis amigas les gusta mucho el sexo. Es algo evidente que se ha podido constatar en multitud de relatos. Por eso no es de extrañar que una de ellas decidiera ir a un festival erótico que se celebraba en su ciudad. Y encima acompañada sólo por hombres.

El día no podía ser más placentero, también para ella. Y es que aunque muchos de los espectáculos están destinados sólo para hombres, mi amiga no dejaba de observar con total atención a todos y cada uno de los espectáculos a los que asistía. Siempre se puede mejorar o copiar algo.

Tras uno de los números, mi amiga entabló conversación con uno de los actores, con el que no tuvo reparos en mostrar todas sus dudas sobre el noble arte del rodaje cinematográfico de cuatro o cinco rombos.

Pero la conversación fue a más y el profesional invitó a mi amiga a irse a un hotel y a dar rienda suelta a la pasión. En ese momento ella tuvo un ataque de debilidad y rechazó la oferta. “¿Y si no daba la talla?”, se justifica la que podría haberse sentido por un día una de las veneradas actrices de este género. O, mejor, olvidar por un momento a los amateurs y disfrutar por una noche de la primera división del placer.

Después de tanto sexo, visual, pero sexo al fin y al cabo, ella se fue del festival con sus acompañantes. Uno de ellos, uno de esos amigos con ventaja que acostumbran a tener mis amigas, se fue con la protagonista a casa para poner en práctica todo lo aprendido durante esa erótica jornada. O quizá para aliviar tanta tensión sexual acumulada.

Pero el día no pudo acabar peor. Porque después de tanta demostración sexual, el chico sólo pudo dedicar a mi amiga un minuto. ¿Y qué hizo ella? “Lo eché a la calle. Sólo un minuto…”, recuerda mi amiga todavía algo indignada.

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