El charco

A una de mis amigas le viene al pelo aquello de que contra el vicio de fallar, la virtud de insistir. Y es que por insistir que no fuera en esa extraña relación que mantenía con un chico, con el que nunca conseguía finalizar lo que se proponía.

Cuenta la protagonista de este relato que planearon un fin de semana en la casa que le había dejado otro amigo, pero justo en el momento en el que iban a culminar apareció una visita inesperada. Por tanto, tuvieron que abandonar la vivienda cuando estaban ya entregados a la pasión.

Dice ella que la cosa se enfrío… hasta que se encontraron en un bar. Y entonces recordaron que habían dejado algo a medias, así que como no tenían tiempo que perder, se encerraron en el servicio del local.

Pero como la cola se hacía inaguantable, ya que se metieron en el servicio de mujeres, el camarero acudió al excusado y los echó sin miramientos. “El servicio está para otras cosas”, supongo que diría el dueño del bar. Que, por cierto, como se da la casualidad de que he estado alguna vez allí, le pregunté a mi amiga quién era el que les había echado del servicio. “¿Tú te crees que con los pantalones en las rodillas yo miré al camarero?”, respondió la susodicha.

Pero como no querían que la cosa se diluyera, y aprovechando la pasión de esa noche por el sofocón del servicio y la vergüenza de ser sorprendidos en medio de la acción, decidieron que habría que intentarlo una vez más.

Por eso se fueron a una plaza en la que apenas pasaba gente, no sólo porque eran altas horas de la madrugada, sino porque llovía a cántaros en el aquel momento.

Pero como parece que estaban destinados a no consumar, en el momento en el que estaban más entregados, un mendigo que había estado oculto les sorprendió. Ante el susto, el chico se empezó a subir rápidamente los pantalones, pero empujó a mi amiga, que cayó al suelo y a punto estuvo de romperse el brazo.

Así acabó esta historia, con mi amiga, medio desnuda, tirada en un charco, en el que el agua de la lluvia se había mezclado con el orín de los perros que pasean por allí, con un brazo dolorido y con unas ganas atroces de sexo. De sexo que nunca llegó a culminarse.

Esta entrada fue publicada en Mis amigas follan. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *