El amor no va en coche

Cuando mi amiga montó en el coche del chico, pensaba que simplemente se iban a tomar algo a un bar que quedaba un poco lejos. Pero no, no fue así, porque él tenía otros planes para aquella noche.

Después de conducir durante más de media hora, la pareja, que no lo era, llegó a una cala perdida. Allí, el apuesto joven puso una toalla en la playa, al final de la cala, encendió las luces del coche de nuevo, sacó un equipo de música y puso una canción romántica.

Más tarde sacó una copa, sirvió tres hielos, una rodaja de limón y la bebida preferida de amiga, que todavía estaba hipnotizada por el espectáculo que estaba preparando el chico. Entonces él la agarró por detrás y empezó a susurrarla al oído. “Me dijo lo maravillosa que soy y lo que le hago sentir, y después me besó en la oreja”, recuerda la protagonista de este relato.

Creo que sólo faltaba la luna llena de fondo mientras las olas del mar proporcionaban ese sonido apenas matizado por la música que salía del reproductor. O quizá era un violinista traído de Viena, para que amenizara ese momento tan sublime.

Pero entonces ella reaccionó como sólo podía hacerlo una de mis amigas: se levantó y lo dejó ahí “plantado”. Él no encajó muy bien lo que estaba siendo un clamoroso rechazo, así que se subió al coche y arrancó.

Pero mi amiga, más avispada, se puso delante e impidió que el vehículo avanzara. Así que el chico no tuvo más remedio que esperar a que se montara. “No me habló en todo el camino, aunque se lo tomó muy mal, porque me lo echó en cara cuatro millones de veces”, rememora ella, feliz por la decisión que había tomado: “No me gustaba nada”.

A otra amiga le pasó algo parecido, ya que un chico le hizo también que montara en el coche. En esta ocasión era para decirle que le iba a ofrecer un trabajo (la crisis siempre fue una excusa). Pero cuando estaban llegando a otro lugar apartado de la civilización, el joven le puso una canción de Los Secretos y le espetó lo siguiente: “Estoy enamorado de ti”.

Por supuesto, la cosa no era tan fácil de asumir por mi sorprendida amiga: “Voy a dejar a mi mujer y a mi hijo. Nunca había sentido esto por nadie… te dedico la canción”, agregó el enamorado galán mientras sonaba en el coche ‘Te he echado de menos’.

Pero parece que a mi amiga no le gustó mucho toda esta escenografía: “Deja de hacer el mamarracho”, le dijo. “Me estás dando vergüenza ajena, que me doblas la edad”, añadió ella.

Nada más decir estas duras palabras, pidió al chico que le llevara a casa y él obedeció. “Ahora no me saluda porque se muere de vergüenza”, asegura mi amiga.

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