Al fin soy yo el protagonista

Sí, lo he conseguido. Después de muchos años, esta vez soy yo el que ha logrado ser víctima de la insaciable actividad sexual de una de mis amigas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero como soy un caballero, no diré quién es. Tampoco lo que hicimos.

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Futbolitis

Cuando mi amiga recibió una invitación aquel día le pareció un poco extraño, pero ya se sabe cómo actúan ellas cuando un chico les propone algo. El caso es que el plan era quedar con él… y su familia para ir a la feria, coincidiendo con las fiestas de la ciudad. Y como confiaba en que poco a poco se pudieran quedar solos, aceptó, aunque apenas conocía a su víctima.

Pero una hora antes de que quedaran, el chico modificó el plan: cambió a su familia por ver un partido de fútbol. Y mi amiga volvió a decir que sí, pese a que ella detesta ese deporte de masas, que apenas entiende y que tampoco se esfuerza en comprenderlo. De ahí que no recuerde qué equipos se enfrentaban aquel día.

El caso es que allá se fue con su último ligue y sus amigos, entre los que había también chicas, más futboleras si cabe que ellos, así que estaba en clara desventaja. Y más después de que el chico dijera a todos que ella pasaba del fútbol, como alardeando que pese a todo había querido ir a la fiesta futbolística. Lo que hacen mis amigas por chuscar

Como es obvio, la noche se prolongó por los bares de la ciudad, y ella se dedicó a hacer otra cosa que también dominan a la perfección todas mis amigas: la ingesta de alcohol.

Pero lo raro es que el chico apenas le hacía caso, así es que mi amiga se pasó buena parte de la madrugada con los amigos de él, e incluso se unió a una boda de otros conocidos para aprovecharse de las copas gratis. Y eso que había salido solo para ver al chico, su único objetivo aquella noche y que por lo que parece fue un plan un poco equivocado.

Lo que está claro es que después de aquella experiencia, mi amiga no volvió a ver al chico ese. Faltaría más.

P.D. Para que mis amigas sean felices, hay que cuidarlas y darles todo lo que piden, así que es mejor no proponerle planes que no les van a gustar.

P.D. 2: La P.D. 1 es una de las mayores tonterías que se han escrito en estos relatos, porque mi amiga terminó la noche con el chico, pese a que él apenas había demostrado interés por ella. Y es que mis amigas son así, lo que quieren, lo consiguen. Sin más.

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¡Las manos quietas!

Llevaba mucho tiempo aquel chico cortejando a mi amiga, y ella oponiéndose y rechazándolo una y otra vez. Es más, las clases en las que coincidían parecía que era ella el único centro de atención del chico, y no el profesor, ya que apenas le quitaba ojo.

Hasta que un día mi amiga se levantó con ganas de marcha. Cuando estaba en clase de revelado de fotografía, con todo a oscuras como debe ser, se le ocurrió que podía hacer algo que le iba a gustar mucho a ese chico que parecía estar absorto completamente con ella. Así que le empezó a meter mano como si lo llevara haciendo durante años.

Pero entonces se oyó un grito:

– ¡Las manos quietas, las manos quietas!

El que lo decía no era el chico, sino el profesor. Sí, mi amiga había metido mano al profesor, y como él había gritado también su nombre, la pobre, totalmente avergonzada, salió corriendo de clase, no sin antes golpearse contra la puerta para más escarnio ante tal bochornosa situación.

Ella terminó reconociendo al chico que se había equivocado, y que obviamente no quería meter mano al profesor, sino a él. Así que su enamorado se emocionó y ya veía más cerca poder conquistar a mi amiga.

Pero como los caminos de mis amigas son inescrutables, volvió a su estado inicial y no quería saber nada del chico que tanto la miraba en clase. En una de esas veces en las que el chico no le quitaba el ojo, mi amiga, para evitar que le siguiera observando tan atentamente, se le ocurrió una idea muy graciosa.

Mientras se miraban uno al otro, mi amiga se sacó un moco. Así logró que el chico jamás la volviera a mirar.

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El támpax

No seré yo quien explique para qué sirve un támpax. Y menos en este lugar, que está creado para que se especifiquen las hazañas o metodologías sexuales de mis amigas. Pero lo que sí se puede dar a conocer es el uso que daban a estos algodoncillos mis amigas, más allá del habitual.

Para ellas los támpax era una clave por la cual podían “hablar de penes de conocidos sin que la gente se enterara”. La verdad es que no sé si es mejor escuchar directamente cómo era un pito u oír la definición de un támpax según el color.

Porque mis amigas catalogaban a los chicos según fueran támpax de color morado, amarillo, verde y rosa.

Según ellas, el morado “era para los días que manchas poco. Un micropene en toda regla”.

El amarillo es “más grueso, pero sigue siendo un micropene”.

“El verde equivaldría a uno normalito”.

Por último, “el rosa es de los que apenas es ve: un pollón”.

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“Quiero ir a la playa”

Es lo que repetía una y otra vez el ligue que se echó una amiga. “Quiero ir a la playa, quiero ir a la playa”. Y lo consiguió, porque ella aquella noche quería hacer todo lo que el chico le pidiera, pese a que lo acababa de conocer y el mar más cercano estaba a tres horas del lugar donde había nacido la pasión. Y en otro país…

Pero eso daba igual. Allí se fueron los dos cuando aún estaba amaneciendo y pocos bares quedaban abiertos. Y lo más curioso es que ninguno de los dos tenía dinero suelto, apenas un euro es lo que llevaba mi amiga, así que la aventura comenzaba con riesgo.

Y con problemas, porque en la frontera se encontraron con un control de la policía que ponía en peligro su incursión playera. Se daba la circunstancia de que mi amiga aún estaba perjudicada por el alcohol… y él no tenía los papeles en regla.

Menos mal que el chico sabía un atajo y pronto esquivaron a los agentes, sin que ellos se percataran de que la pareja que les regateaba era un trofeo para la DGT (y para la Policía Nacional).

Pero por fin llegaron a la playa y allí se pudieron echar un baño y otras cosas. Después se fueron a comer (todo pagado por mi amiga con su tarjeta, para que luego no se diga que ellas no se portan bien a veces) y, por fin, de vuelta a la ciudad (y país) de origen (de mi amiga).

Pero mientras tanto, se estaba desarrollando una aventura paralela puesto que las amigas de la ebria conductora se empezaron a preocupar porque no sabían nada de la triunfadora (que estaba acordándose, seguro, de ellas…).

Entre todas empezaron a especular con lo que había podido pasar, a la vez que dejaban a los padres de la viajera al margen (no sé por qué, si seguro que se hubieran divertido mucho con su aventurera hija). Evidentemente, no había batería en el móvil.

Al final del día, cuando la excursionista llevaba más de 24 horas sin aparecer por casa, pudo resolver todas las dudas de sus preocupadas amigas. Eso sí, la protagonista seguía sin dinero para tomar una caña con ellas porque con el euro no le llegaba.

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El patio de mi casa es…

Todo parecía perfecto para dos de mis amigas cuando se quedaron una noche de fiesta con dos chicos a los que habían conocido aquel día. Una de ellas ya había intimado con uno, así que eso estaba predestinado a que fueran dos parejas. Y más teniendo en cuenta que estaban de vacaciones y habían ido a la playa a… tomar el sol, seguro.

Pero no, nada de eso. Porque la que aún no había intimado se puso muy tozuda y no quería nada con el chico. Daba igual que se fuera a quedar sin pillar mientras su amiga se entregaba a su conquista. Tampoco le importó que el chico insistiera una y otra vez. Ni siquiera que tuvieran que quedarse durante más de una hora fuera de la casa donde ambas se alojaban aquellos días.

Porque la no-pareja aguardó pacientemente a que la otra amiga y su chico se lo pasaran en grande en la casa de una sola habitación que habían alquilado ambas. Allí estaban los dos, sentados en el patio; ella jugando con el móvil, alegando un resfriado para no querer saber nada del chico; él, intentando sacar conversación para alegrar la velada, consciente ya de que no tenía nada que hacer con mi amiga.

Cuando ya llevaban más de una hora esperando, la soltera ya no podía aguantar más y empezó a gritar a la que se lo estaba pasando muy bien.

– Oyeeee, ¿te queda muchooooo?

El silencio era la única respuesta, aunque media hora después la amiga contestó: “Ya hemos acabado, podéis entrar”. Así que la no-pareja pudo finalizar su angustiosa espera, con lo que los chicos se fueron por un lado y mis amigas se pudieron dormir a gusto.

Tiempo después, la que había pillado terminaría reconociendo el motivo por el cual no respondía al auxilio de la que esperaba en el patio: “Es que tenía la boca llena”.

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El amor no va en coche

Cuando mi amiga montó en el coche del chico, pensaba que simplemente se iban a tomar algo a un bar que quedaba un poco lejos. Pero no, no fue así, porque él tenía otros planes para aquella noche.

Después de conducir durante más de media hora, la pareja, que no lo era, llegó a una cala perdida. Allí, el apuesto joven puso una toalla en la playa, al final de la cala, encendió las luces del coche de nuevo, sacó un equipo de música y puso una canción romántica.

Más tarde sacó una copa, sirvió tres hielos, una rodaja de limón y la bebida preferida de amiga, que todavía estaba hipnotizada por el espectáculo que estaba preparando el chico. Entonces él la agarró por detrás y empezó a susurrarla al oído. “Me dijo lo maravillosa que soy y lo que le hago sentir, y después me besó en la oreja”, recuerda la protagonista de este relato.

Creo que sólo faltaba la luna llena de fondo mientras las olas del mar proporcionaban ese sonido apenas matizado por la música que salía del reproductor. O quizá era un violinista traído de Viena, para que amenizara ese momento tan sublime.

Pero entonces ella reaccionó como sólo podía hacerlo una de mis amigas: se levantó y lo dejó ahí “plantado”. Él no encajó muy bien lo que estaba siendo un clamoroso rechazo, así que se subió al coche y arrancó.

Pero mi amiga, más avispada, se puso delante e impidió que el vehículo avanzara. Así que el chico no tuvo más remedio que esperar a que se montara. “No me habló en todo el camino, aunque se lo tomó muy mal, porque me lo echó en cara cuatro millones de veces”, rememora ella, feliz por la decisión que había tomado: “No me gustaba nada”.

A otra amiga le pasó algo parecido, ya que un chico le hizo también que montara en el coche. En esta ocasión era para decirle que le iba a ofrecer un trabajo (la crisis siempre fue una excusa). Pero cuando estaban llegando a otro lugar apartado de la civilización, el joven le puso una canción de Los Secretos y le espetó lo siguiente: “Estoy enamorado de ti”.

Por supuesto, la cosa no era tan fácil de asumir por mi sorprendida amiga: “Voy a dejar a mi mujer y a mi hijo. Nunca había sentido esto por nadie… te dedico la canción”, agregó el enamorado galán mientras sonaba en el coche ‘Te he echado de menos’.

Pero parece que a mi amiga no le gustó mucho toda esta escenografía: “Deja de hacer el mamarracho”, le dijo. “Me estás dando vergüenza ajena, que me doblas la edad”, añadió ella.

Nada más decir estas duras palabras, pidió al chico que le llevara a casa y él obedeció. “Ahora no me saluda porque se muere de vergüenza”, asegura mi amiga.

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Llaves, vaselina y un ascensor

Un artículo escrito por su protagonista. Sí, por una de mis amigas. En primera persona. Y dice que no hay censuras…

Hace tiempo recibí una invitación del creador de Mis Amigas Follan. Como os podéis imaginar, procediendo de Sergio, se trataba de una invitación desde el rencor. ¿Por qué? Porque cumplo con los tres requisitos básicos. Soy su amiga. Y follo. Y mucho.

Por lo visto, a Sergio no le parecía suficiente suplicarme semana tras semana que le contase anécdotas socio-sexuales para poder vanagloriarse ante vosotros como escritor de éxito capaz de calmar vuestra insaciable sed de sórdidas aventuras eróticas. Así que dio un paso más y, al sentirse incapaz de relatar correctamente una gran gesta sexual, me pidió que participara como autora invitada.

Para rendir homenaje a este libro de culto, me mantendré en el anonimato. No es por temor ni por vergüenza. Hace tiempo que perdí ambas. Simplemente, creo que es más interesante leerlo desde el misterio.

No cabe duda de que la etapa universitaria es, por excelencia, la época de pillar. Las hormonas están a flor de piel, estás tirando a buena y el mercado es grande. Pero la vida no es perfecta y no te lo pone todo fácil. ¿Qué pasa si tienes todo a tu favor en el terreno del amor? Que te falta un techo para rematar las faenas.

Pues bien, una noche de fiesta fiché a un bollito de un colegio mayor. Hubo química, pero no volvimos a coincidir hasta que pasaron seis meses. Después de un par de citas la cosa se empezó a calentar. Literalmente. ¿El problema? Ninguno de los dos teníamos casa… ¿La solución? Los amigos con piso. En concreto, uno. Llamémosle EL AMIGO (EA).

Aunque al principio me dio un poco de vergüenza, la expectativa de una noche de pasión me dio el valor suficiente para pedirle a EA las llaves de su casa. Llegamos a la conclusión de que la solución más fácil era hacer una copia de las llaves para que yo pudiera entrar y salir a mi antojo ese fin de semana, adecentar un poco la guarida insalubre de EA y consumar los hechos esa misma noche.

Así pues, me dirigí con una amiga el día de autos a la casa de EA para poder dejar la casa medianamente decente. Pero las cosas no fueron precisamente fáciles. Al introducir la llave en la cerradura, no giraba. Nuevo intento. Tampoco. Soplamos a ver si había algo dentro que impidiera abrir la puerta. Pues tampoco.

Llaves 1 – Chicas 0

Entonces mi amiga, que esa tarde era Miss McGywer, tuvo una idea. “¿Y si usamos vaselina? Seguro que así se desliza perfectamente y podemos abrir la puerta”. Pensé que por intentarlo no perdíamos nada… pero esa conclusión fue un pelín aventurada. Efectivamente, en un primer momento la vaselina hizo su efecto.

Llaves 1 – Chicas 1

Abrimos la puerta pero… Oh-Oh-Oh, las llaves no salían. Tras un instante de pánico momentáneo, Miss McGywer tuvo otra idea. “¿Y si cogemos un cuchillo para desatornillar la cerradura? Así seguro que la desmontamos y conseguimos sacar la llave”. No había ningún plan B así que cogimos un par de cuchillos y nos pusimos a desatornillar. Después de un rato tan largo como nuestra destreza con este tipo de chapuzas, sacamos la cerradura pero… Oh-Oh-Oh, sólo se desatornillaba el embellecedor.

Llaves 2-Chicas 1

La situación era la siguiente:

– La llave continuaba encajada en la cerradura.

– Nos habíamos cargado el embellecedor.

– Habíamos rayado la puerta de EA con los cuchillos.

– La puerta estaba llena de vaselina y daba asco.

Mis posibilidades de pillar disminuían por momentos.

Miss McGywer y yo decidimos dar la cara y llamar a EA para ponerle al corriente de la situación. “Hola EA, mira que te llamo para decirte que hemos tenido un problemilla. Resulta que la copia de las llaves que hemos hecho creo que ha sido defectuosa. Como no entraba bien y no conseguíamos abrir tu perta, la hemos untado de vaselina. Hemos conseguido abrir la puerta, pero ahora no podemos sacar la maldita llave. Hemos intentado desmontar la cerradura, pero no sabíamos que lo que estábamos desatornillando era sólo el embellecedor y que eso ni iba a servir para nada. Por cierto, no sabemos volver a atornillarlo y se nos ha roto. Te hemos rayado la puerta y la llave sigue encajada”. Fin.

Después de una bronca monumental, Miss McGywer decide que la mejor opción es recurrir a profesionales: llamar a un cerrajero. Y eso hacemos. En media hora llegan, nos sentimos inmensamente humilladas contándoles nuestras ideas para conseguir abrir la puerta y nos dicen que la única solución es cambiar la cerradura porque nos la hemos cargado. “Adelante”, les decimos.

Nueva llamada a EA. “Oye, que hemos llamado a unos cerrajeros y la única solución es cambiar la cerradura, así que tienes una nueva y una nueva llave. Pues nada más, que les vayas diciendo a todos los miembros de tu familia que tienen una copia –padres, tíos, hermanos- que van a tener que hacer copias de la nueva…ejem…Y que lo siento. Fin.

Una vez solucionado el tema de la cerradura, decidimos irnos a casa. Habían pasado 4 horas desde que llegamos Miss McGywer y yo y apenas tenía 45 minutos para llegar a mi colegio mayor, adecentarme y quedar con mi futuro amante.

Pero el destino es caprichoso y quiso seguir poniéndome zancadillas ese día. Nos montamos en el ascensor los dos cerrajeros, su maleta gigante de herramientas, Miss McGywer y yo. Pulsamos el botón para bajar y de repente, zas, se bloquea. Nos quedamos atrapados. Nadie tiene cobertura en los móviles.

CRISIS.

PÁNICO.

FALTA EL AIRE.

GRITAMOS SOCORRO.

Nadie nos responde. MÁS CRISIS. MÁS PÁNICO. SENSACIÓN DE CLAUSTROFOBIA.

Llaves + ascensor 3 – Chicas 1

Miss McGywer propone desatornillar el techo del ascensor y trepar por los cables (sí, ha visto muchas películas y además teníamos una caja llena de herramientas profesionales. Un caramelito para ella, vamos). Esta vez rechazamos por unanimidad la propuesta. Aunque no había opción B, sentíamos apego por nuestras vidas.

Después de estar media hora encerrados, una dulce abuela oyó nuestras voces y conseguimos que llamara al presidente de la comunidad para que alguien nos sacara del ascensor de la muerte.

Como la suerte seguía dándonos la espalda nos dijeron que a esas horas de la noche nadie contestaba en el teléfono de emergencias que estaba pegado en el ascensor. La única solución para escapar de aquel agujero era que nos sacaran por el minúsculo agujero que teníamos sobre nuestras cabezas, mientras rezábamos para que el ascensor no se pusiera de repente en marcha y nos partiera por la mitad.

¿Y después de todo ese sufrimiento, qué? 

– Me pillé a mi chulazo #bienpormí.

 – EA dejó de hablarme durante un mes. Nunca más me prestó las llaves de su casa.

 – Miss McGywer abandonó progresivamente su gusto por los destornilladores y ahora es una persona (casi) normal.

 

Firmado: La Amiga Anónima.

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Las franjas horarias

¿Sabe alguien lo que es estar exultante? Pues con haber visto aquel día a mi amiga, se sabría perfectamente su significado. La chica en cuestión estaba totalmente emocionada, radiante, dispuesta a que aquella noche fuera inolvidable. Y no tuvo que esforzarse mucho para lograrlo.

Todo comenzó en una fiesta a media tarde, en la que había muchos chicos semidesnudos (aunque ellos no se fijaran en mi amiga ni en ninguna chica más) y en la que a ella se le salían los ojos de las órbitas y ponía una infinita cara de vicio.

Así que cuando entró en la primera (y última) discoteca de la noche, todo estaba preparado para que comenzara el espectáculo. Y vaya si disfrutó, porque al poco tiempo estaba ya hablando con un chico. Y luego con otro. Y luego con otro…

A la mañana siguiente apareció por casa con uno de ellos, pero no me lo presentó porque decía que yo ya lo conocía. Y claro, le tuve que preguntar que a qué franja horaria se refería, porque le había visto liarse con al menos tres chicos esa noche…

Mi amiga no estaba muy por la labor de terminar de intimar con el chico, porque los hechos se iban a desarrollar en casa ajena y no quería molestar. Así que se lo llevó a la piscina y él se quedó con las ganas de más. Porque allí tampoco iban a consumar.

Supongo que él no entendería entonces para qué le había llevado mi amiga a aquella casa y después a la piscina. Tampoco le serviría para aclarar aquella extraña situación cuando le dije: “Algún día serás uno de los protagonistas de un libro”.

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Los descampados

A mi amiga y su chico no le quedaba más remedio que tener que ir a un descampado para poder intimar. Así que cada vez que podían se iban en coche a ese sitio que ya habían encontrado como el ideal para sus cosas, sin que nadie les molestara.

Así sucedía muchos días, como aquel en el que ya estaban en plena acción y, de repente, se encendió la luz del coche. Pero ellos siguieron a lo suyo, porque habían tenido un golpe con el coche y de vez en cuando pasaban cosas así.

Pero no, no era un error electrónico del vehículo. Porque mientras mi amiga y su chico se lo pasaban en grande, vieron la cabeza de una persona que rápidamente abandonaba el coche. Los gritos y la confusión estuvieron evidentemente a la altura del susto.

Así que mientras mi amiga seguía gritando y buscaba su ropa, la que previamente había colocado en uno de los asientos perfectamente doblada (la que es ordenada, lo es en todas las circunstancias), el chico intentó salir detrás del ladrón. Ni uno ni otro logró su objetivo, así que la pareja volvió a casa indignada y desnuda.

Por este motivo, mi amiga no tuvo más remedio que decirle a sus padres que les habían robado al salir de una discoteca. Aunque luego terminó diciendo la verdad, porque no era muy creíble su excusa…

A otra le pasó algo parecido. Después de que “pasó todo lo que tenía que pasar”, arrancó el coche. Pero no funcionaba. Como si no hubiera nada de batería. Así que bajaron y comprobaron lo que sucedió: un charco bajo el depósito. Alguien les había roto el depósito, porque se veía incluso algún cable cortado.

Después, fue la madre del chico quien les fue a buscar. Vaya panorama se tuvo que encontrar la buena mujer…

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